15. Tres tesis sobre el futuro de la izquierda

El comienzo de 2020 sirve como el momento idóneo para reflexionar respecto a temas filosóficos, tales como el futuro de la izquierda. Es bien sabido que la izquierda debería mantenerse unida, pero ¿unida en torno a qué exactamente? Este ensayo expondrá argumentos en contra de la obsesión con la pureza ideológica y a favor del regreso a la política de la fuerza mediante la formulación de tres tesis acerca de lo que la izquierda debería hacer.


El evento político de mayor relevancia en la última década fue el retorno del fascismo al escenario internacional. Aunque nunca se ausentó del discurso y la mentalidad políticas, el fascismo ha resurgido como un elemento clave en la dinámica global, no sólo por la elección de Trump sino también por la presencia de Bolsonaro en Brasil, de Orban en Hungría, etc. Tenemos la suerte de haber evitado esta tendencia en México (hasta el momento). La principal implicación es que la vieja pugna entre socialismo y neoliberalismo (con sus tintes progresistas o conservadores) de los últimos treinta años se ha convertido en una batalla tripartita. Acorralados en un combate de dos contra uno tenemos la obligación de mantenernos firmes porque, como siempre ocurre con los de izquierda, no estamos luchando sólo por nosotros mismos. Ello significa la reaparición de la política de la fuerza.
La paradoja de hablar de política interior y unidad es que se corre el riesgo de crear tantas divisiones como las que se concilian. Tratar de definir la izquierda es derramar la primera gota de sangre. En lugar de perderme en aquello, plantearé el socialismo como el “centro gravitacional” dentro del espectro de la izquierda, que refleja la realidad política en la mayoría de los países, con otras variantes del pensamiento izquierdista (comunistas, partidos verdes, activistas concienzudos, etc.) que divergen de él. Además de la creencia de que la historia (y, por tanto, el capitalismo) necesita ser rectificada, todas estas formas deberían recordar que concordamos en: a) la voluntad de desafiar las relaciones de poder existentes; b) la búsqueda de soluciones comunes a problemas comunes; c) el uso de la organización colectiva (el estado) para realizarlo. Algunos anarquistas podrían taparse los oídos al pensar en esto último, pero los adultos se quedarán para escuchar. A continuación esbozaré las tres tesis.

1.La izquierda debería ser populista o no ser.

Mientras que hace un siglo los izquierdistas todavía se planteaban la disyuntiva entre revolución o reforma, en la actual era democrática una de las principales cuestiones estratégicas consiste en si la izquierda debe acoger el populismo o no. Antes de responder con un rotundo “sí”, permítanme aclarar brevemente este concepto. El populismo no es una ideología, sino un estilo de política, centrado en atraer a la gente al debate político al recalcar el contraste entre la élite y las masas, así como en conectarse a nivel emocional y hablar directamente de sus necesidades. A menudo esto va acompañado de una pérdida de matices. La diferencia entre el populismo de izquierda y el de (extrema) derecha recae en la honestidad: El populismo de izquierda contrasta con las élites objetivas (el que tú ganes 4,000 veces más que yo es un estándar objetivo), mientras que los fascistas se inventan enemigos o diferencias morales. Como consecuencia, el populismo de izquierda no necesita mentir, ni cambiar sus objetivos, mientras que el populismo de derecha oscila entre inmigrantes, regiones más pobres, delincuentes menores, multimillonarios liberales, feministas, minorías étnicas, etc.
Entonces, ¿por qué deberíamos de optar por el populismo? En primer lugar, porque sencillamente funciona. El populismo fue una parte importante de la “ola roja” latinoamericana suscitada entre 2006 y 2012. Gente como Evo Morales y Hugo Chávez ganaron las elecciones con la mayoría más de tres veces, mientras que en Europa central la izquierda “educada” vivió un declive sostenido. Si volteamos a ver a países como Brasil y Bolivia, no sólo fue un éxito en términos de poder, sino que también transformó el continente al sacar a decenas de millones de personas de la pobreza. En segundo lugar, porque el regreso del fascismo crea una fuerte competencia por el voto de la clase trabajadora. Si no estamos dispuestos a elaborar un mensaje atractivo pero honesto y tener en cuenta las preocupaciones reales de la gente, alguien de la extrema derecha lo hará. La batalla por una postura intelectual y moralista con los liberales ha terminado, dado que el centro-derecha ya ha cambiado mundialmente hacia un mensaje más conservador-populista. Tercero, porque no hay tiempo para no reunirse con los votantes donde estuvieren. La élite intelectual no puede esperar de manera realista que la gente se ponga de la noche a la mañana de su lado, mientras nos enfrentamos a múltiples problemas crecientes y a un desborde de noticias falsas. Además, hoy en día el populismo de izquierda es el salvador, no el enemigo de la democracia: ayuda a involucrar a la gente en un proceso político que está perdiendo credibilidad.
Dos consecuencias se derivan de la adopción del populismo. La primera es que, a diferencia de la variante fascista mentirosa, el populismo de izquierdas debe partir de la creencia en la gente y, por lo tanto, en la democracia. La segunda es que los intelectuales de izquierda deben dejar de una vez por todas el clasismo presente en sus mentes y discursos. Gran parte de la izquierda intelectual es, a fin de cuentas, burguesa. No podemos cambiar nuestros orígenes, pero podemos hacer el esfuerzo interno de controlar nuestro sutil desdén por la ordinariedad que a menudo está implícito en los círculos progresistas. ¿Que la gente no debería escuchar Banda? ¡Cállense! Los ateos, los progresistas “concienzudos” y los ecologistas se beneficiarían especialmente de una introspección en este sentido.

2. La unidad implica negociación.

La división interna es un viejo enemigo de la izquierda. Estas diferencias existen igualmente en el lado derecho del espectro, pero las redes de la élite generalmente tienen una mejor comprensión de sus intereses estratégicos. También toleran mejor la hipocresía. Sin embargo, la respuesta no es tan simple como decir que debemos unirnos. ¿Unirnos en torno a qué? Las diferencias entre las diversas ideologías de izquierda son palpables. Y aunque pueden estar de acuerdo en los puntos que he señalado anteriormente, la diferencia de intereses, clase, cultura y valores todavía se extienden entre el potencial electorado de izquierda. Aquí un ejemplo extremo para subrayar este punto: incluso dentro del nicho de los progresistas culturales “concienzudos” hay límites a la alianza de conveniencia entre las feministas radicales y los activistas trans. ¡Buena suerte en lograr una coalición entre ellos con la clase obrera tradicional y los inmigrantes!
Hay dos opciones aquí. Una es pretender que esto no es verdad y ser pro todo y todos y esperar que esas decisiones simplemente no se presenten. La otra es entender que tal unidad conlleva negociar. Es imposible formar un frente contra la doble amenaza neoliberal-fascista si cada grupo de interés exige pureza. Los Estados Unidos constituyen actualmente un ejemplo interesante donde Bernie Sanders intenta crear un amplio movimiento de masas (semejante a AMLO), pero como hombre blanco tiene que defenderse constantemente de los ataques de los puristas de políticas identitarias. Ya he planteado que en la mayoría de los países el socialismo democrático está situado en medio. Dado que la naturaleza misma de la plataforma socialista se articula en torno a la negociación (aumentos de salarios, aumentos de pensiones, etc.), no es raro que las demandas de pureza provengan de otros grupos (usualmente divididos internamente).
Fíjense que con la negociación me refiero a la necesidad de una alianza electoral estratégica para ciclos electorales específicos, sin cambiar las opiniones, ideales o metas a largo plazo de la gente. Mi idea tampoco debe ser confundida con una petición de política moderada o gradualismo. Por negociación me refiero a aceptar centrarse en un número reducido de exigencias y no en otras (o estar dispuesto a pagar un precio por ello), independientemente de lo radicales que sean. Ciertas políticas son simplemente más compatibles con el resto de las alianzas de izquierda que otras. La cuestión es qué es lo que realmente quieren. Un ejemplo hipotético: el resurgimiento del movimiento feminista en México se enfoca en dos mensajes: uno sobre acoso sexual y seguridad, y el otro sobre derechos reproductivos y aborto. El primer punto puede, incluso de forma radical, atraer al menos a la mitad de la población, y deja poco espacio para una oposición tácita (¿o creen que la violación es divertida?). La segunda, especialmente en su forma radical (subvencionada y bajo cualquier circunstancia), va en contra de la sensibilidad de la mayoría y se enfrenta a una oposición muy articulada. Si se formara una alianza para impulsar esta última opción (menos estratégica) en, digamos, una carrera por la gubernatura, la izquierda “concienzuda” de clase media debería estar dispuesta a ser muy generosa en lo relativo a las exigencias económicas para calmar a la base de la clase trabajadora (culturalmente conservadora).
La unidad no significa que todo el mundo consiga todo lo que quiere. La unidad implica solidaridad. La solidaridad implica sacrificio, y otorgarse cosas recíprocamente. La alternativa es el tribalismo, un golpe de estado y la antipolítica.

3. La política es un deporte grupal.

A los intelectuales de izquierda, incluido yo mismo, les encanta el análisis crítico y la reflexión. Somos buenos para desempacar temas y encontrar inconsistencias. Para algunos de nosotros, nuestra reputación o incluso nuestros ingresos se basan en esto. ¿Pero qué pasa si “nuestro lado” llega al poder como ocurrió en México? La transformación de los ideales e ideología al desorden de la política partidaria es una experiencia ardua. ¿Quiero proteger mi virginidad política y mantenerme en todo momento lo más crítico posible, o estoy realmente dispuesto a defender las políticas (no a las personas, ellas pueden hablar por sí mismas)?
El lado derecho del espectro político se siente mucho más cómodo en esa posición, ya sea porque está felizmente al alinearse entre sí mismo, y/o porque encuentra algún otro grupo al que culpar. En el peor de los casos, llegarán a la conclusión de que “todos los políticos son malos” y, sin embargo, votarán por el mismo partido toda su vida. No obstante, he notado que muchas personas de la izquierda se sienten incómodas con el apoyo público de cualquier asunto político en particular. De hecho, rara vez escucho a alguien defender algo que no le beneficie directamente. Tengo dos preguntas para la gente que elige la pureza política. Primeramente, ¿creen realmente en sus ideales y quieren verlos cumplidos, o sólo quieren sonar diferentes? ¿Están dispuestos a arriesgar sus propias reputaciones para ver el cambio realizado? Porque la búsqueda de la perfección es una buena excusa para evitar el compromiso, ya sea en las relaciones o en la política. En segundo lugar, ¿entienden la gravedad histórica de nuestra situación? Tomando a México como ejemplo, la victoria de Morena y el PT es la primera instancia en que la izquierda ha ganado en más de setenta años. Independientemente de cuál sea su percepción, debemos reconocer el panorama general: según la encuesta, AMLO es el presidente más popular del mundo o está constantemente entre los cinco primeros. Esa oportunidad no vuelve, ni tenemos tiempo de esperar a que vuelva. Cualquier plan alterno que podamos tener (y tengo muchos) vendrá después de esto o no vendrá. La balanza se inclina bastante en contra de la izquierda en América Latina, teniendo que enfrentar golpes de estado, supresión de electores, invasiones, campañas de noticias falsas, asesinatos, etc. Esto no es algo del pasado: este invierno el político latino más exitoso de su generación (Morales) fue derrocado. A nivel mundial, nos enfrentamos al cambio climático, el retorno del fascismo y el urgente problema de la automatización.
La opinión política es un asunto individual, pero la política de partido es por definición un deporte de equipo. O lo entienden (como lo hace la derecha), o prefieren que se demuestre que tienen razón en vez de ver un cambio real en la vida de la población. En la izquierda tenemos que apoyarnos mutuamente y jugar nuestras cartas de forma inteligente, a nivel nacional e internacional. Ello no significa aceptar la política tal como es. Yo mismo he compartido varias propuestas políticas que me gustaría ver implementadas a través de este blog. Significa ser constructivos. Significa unirnos a organizaciones y apoyar a otros progresistas sin importar nuestro propio ego por desacuerdos pequeños. Y significa tener el coraje de defender lo que es bueno.

En resumen, debemos entender que la Izquierda y la derecha no juegan con las mismas reglas, y que la Izquierda se perjudica a sí misma si se preocupa demasiado por la pureza y la inclusión absoluta de sus preocupaciones (incompatibles) y sensibilidades. Ciertamente hay ciertos estándares diferenciadores que la izquierda debe mantener, siendo la honestidad el primero. Sin embargo, en los próximos decenios, que son cruciales para la historia de nuestra especie, deberíamos preocuparnos más por crear y defender una coalición democrática que pueda ejercer el poder. La negociación de esta coalición es, en última instancia, una cuestión de responsabilidad para no dejar el mundo en manos de aquellos que o bien no creen que necesite ser salvado, o sólo quieren salvarse a sí mismos.

Traducido por Manuel Alexandro Martinez Perez

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